Madonna regresa donde reafirmó su reinado: “Confessions II”

La artista estadounidense publicó la esperada secuela de “Confessions on a Dance Floor”. Con Stuart Price nuevamente como socio creativo, la Reina madre del pop regresa a la electrónica y a la pista, pero también convierte el álbum en un recorrido por sus recuerdos, sus pérdidas y las vulnerabilidades de una vida dedicada a la música. La crítica ya asegura que es su mejor trabajo en dos décadas.

Por Erik Gómez.

“Gracias por venir. A veces me gusta esconderme en las sombras (…). Pero aquí, en la pista de baile, me siento tan libre”. Con esa declaración de principios, Madonna vuelve a abrir las puertas de su pista de baile. Lo hace con Confessions II, un segundo round tan esperado como inevitable, la continuación de Confessions on a Dance Floor, el disco que hace casi 21 años redefinió el pop bailable y marcó a generaciones enteras de hombres, mujeres, noches de clubes y, especialmente, a la comunidad LGBTQ+. Este viernes, finalmente, cayó el velo que cubría a la Reina del Pop en su portada y comenzó una nueva confesión: una bocanada de aire fresco en una industria donde la viralidad, las métricas, los algoritmos y los videos de TikTok parecen devorarse cualquier obra antes de que tenga tiempo de convertirse en un clásico.

Como ya había adelantado este diario cuando el proyecto apenas era una promesa, Confessions on a Dance Floor no fue simplemente otro disco exitoso en la carrera de la compositora. Fue el álbum que terminó de consolidarla como la reina de la reinvención, la artista que, a los 47 años, volvió a conquistar el mundo cuando muchos creían que su época dorada había quedado atrás. En 2005, con “Hung Up” sonando en cada radio, boliche y fiesta del planeta, su icónico leotardo rosa iluminando la portada y un inolvidable sample de ABBA, la compositora volvió a demostrar que el pop podía mirar hacia atrás sin dejar de sonar al futuro. Buena parte de esa hazaña tuvo un nombre propio: Stuart Price, el productor que convirtió aquella colección de canciones en un manifiesto electrónico.

Dos décadas después, el contexto es completamente distinto. Madonna tiene 67 años, sobrevivió a una grave internación —una infección bacteriana que la dejó en sepsis en 2023— que puso en duda su continuidad artística, atravesó pérdidas personales y cerró una de las giras más exitosas de su carrera con el Celebration Tour, con el concierto más concurrido en su carrera en Rio de Janeiro. Quizás por eso Confessions II no busca competir con el disco de 2005, sino dialogar con él. Allí donde el primero celebraba la euforia de la pista de baile, este nuevo trabajo propone una música igual de luminosa —“Good for the Soul”, como canta en uno de sus nuevos temas— para iluminar un mundo que, según ella misma, atraviesa uno de sus momentos más oscuros.

“Me puse en contacto con Stuart porque pensé que el mundo estaba en un lugar muy oscuro y que la gente necesitaba bailar. Hacía mucho tiempo que no trabajábamos juntos. Acabábamos de terminar el Celebration Tour y pensé: ‘¿Y si hacemos Confessions on a Dance Floor: Part II y volvemos al mundo de la música dance inspiradora?’“, explicó la cantante en una entrevista con la revista Interview. La premisa terminó atravesando todo el álbum. Para buena parte de la crítica especializada, se trata de su mejor trabajo en dos décadas; para millones de seguidores, fue la confirmación de que todavía podía sorprender cuando el reloj marcó las 00.01 y el disco apareció simultáneamente en las plataformas de todo el mundo.

Pero Confessions II es mucho más que una secuela. Es un regreso al mismo universo sonoro con otra perspectiva. Vuelven Stuart Price, los sintetizadores, los bajos hipnóticos y la pista de baile entendida como un espacio de liberación, aunque ahora todo está atravesado por el paso del tiempo. Hay duelo, familia, memoria y archivo personal. Madonna canta sobre su hermano Christopher Ciccone, sobre su hija Lourdes Leon, recuerda los años de Danceteria —el club donde nació su carrera— y del Lower East Side, el barrio de Nueva York que la acogió mientras buscaba que escucharan su demo de “Everybody”. Sigue siendo un disco para bailar, pero también unas memorias escritas con sintetizadores. Ahí reside, justamente, su mayor diferencia respecto del original.

DEL CLUB AL AMANECER: EL VIAJE EL VIAJE EMOCIONAL DE “CONFESSIONS II”

Lo primero que sorprende de Confessions II es su cohesión. Basta cerrar los ojos para sentirse nuevamente dentro de la pista de baile que la intérprete dirige junto a su eterno cómplice, Stuart Price. No deja de ser simbólico: ambos estuvieron casi quince años sin trabajar juntos desde que la artista abandonó Warner Records y comenzó una etapa en Interscope Records/Universal que, pese a algunos momentos brillantes —como su inolvidable espectáculo de medio tiempo del Super Bowl 2012— terminó siendo el período creativo más irregular y bajo de su carrera. Este nuevo álbum demuestra que Price entiende como pocos el universo sonoro de Madonna.

La declaración de principios llega desde el primer segundo. “I Feel So Free”, el tema que abre el álbum, marca inmediatamente el tono: acid house, un pulso que recuerda inevitablemente a I Feel Love de Donna Summer, el sample de French Kiss del dj Lil Louis y la participación de Arca, que aporta pequeños detalles electrónicos sin alterar la esencia del proyecto. Junto con “Good for the Soul” y “One Step Away”, conforma una apertura que funciona como una entrada gradual al confesionario de un cuerpo que solo quiere bailar. Porque, si existe un lugar donde Madonna terminó de inventarse a sí misma, fue precisamente un club nocturno.

La primera mitad mantiene esa energía expansiva. “Bring Your Love”, el primer sencillo junto a Sabrina Carpenter, parece una colaboración destinada a ocurrir: más allá de las diferencias generacionales, ambas comparten una manera provocadora de habitar el pop, constantemente cuestionadas por sus letras, su forma de vestir y la manera en que hablan del deseo.

Poco después aparece “Danceteria”, probablemente la gran joya del disco. Construida sobre bases de disco y french house, funciona casi como una autobiografía bailable: recuerda sus primeros años en Nueva York repartiendo demos entre DJs de clubes míticos de la ciudad de Nueva York, mientras desfilan nombres fundamentales en su historia como Mark Kamins, Debi Mazar, Maripol, Jean-Michel Basquiat y The B-52’s. El videoclip que se observa en el corto “Confessions II – The Film”, con participaciones de Kate Moss y Benedict Cumberbatch, termina de convertirla en una pequeña película sobre sus propios orígenes.

Después llega un respiro. “Read My Lips”, junto a Feid, baja momentáneamente las revoluciones entre guitarras y melodías más cálidas para hablar sobre la desconfianza, los silencios y las grietas que aparecen en cualquier relación. Es la pausa antes del gran estallido.

El corazón del álbum aparece entre “Everything” y “School”, un bloque donde también sobresalen “Love Sensation”, segundo sencillo oficial, y “Bizarre”, junto a Martin Garrix. Allí recupera el espíritu más eufórico del proyecto: amor, ingenuidad, esperanza y sanación condensados en una sucesión de canciones que parecen insistir en una misma idea: la música y la pista de baile todavía pueden cambiarte la vida aunque sea por unas horas o unos instantes.

Pero cuando la fiesta empieza a apagarse, el disco revela su verdadera naturaleza. Las exquisitas transiciones —Price contó que Madonna insistió en que el álbum debía escucharse de corrido y no fragmentarse en playlists— conducen lentamente hacia un tramo mucho más íntimo. Aparecen el duelo, el trauma, la reconciliación y la memoria familiar, una vulnerabilidad poco propia de la ganadora del Grammy. “Fragile” deja entrever el dolor por la muerte de su hermano Christopher Ciccone; “Betrayal” canaliza una rabia contenida hacia su madrastra; “The Test”, junto a su hija Lourdes Leon, funciona como un puente emocional entre generaciones. En paralelo, Price deja pequeñas huellas de distintos momentos de la carrera de la artista: aparecen ecos de Erotica, Bedtime Stories y Ray of Light, como si toda su discografía dialogara en silencio con esta nueva etapa.

Confessions II Concebido como una secuela de Confessions on a Dance Floor (2005), el álbum continúa la exploración de Madonna de la música dance y electrónica (Rafael Pavarotti/Madonna)

El cierre, “L.E.S. Girl”, termina resignificando todo el recorrido. Las siglas remiten al Lower East Side, el barrio donde Madonna soñó por primera vez con convertirse en artista. Allí ya no canta la estrella que domina el pop desde hace cuatro décadas, sino aquella joven que apenas podía pagar el alquiler y caminaba por Manhattan buscando una oportunidad. “Lost in a fragile world… Everything fades except you”, canta en los últimos segundos. Es un final profundamente humano. Y quizás esa sea la mayor virtud de Confessions II: demostrar que, incluso después de una vida entera en la cima, todavía hay confesiones que solo pueden hacerse bailando y en ese contexto solo.

EL REGRESO DE UNA REINA QUE NUNCA ABANDONÓ LA PISTA

La promoción de Confessions II estuvo a la altura del acontecimiento. El 15 de abril, Madonna reveló la portada del álbum, una clara relectura visual de Confessions on a Dance Floor. El arte estuvo a cargo del estudio creativo Special Offer Inc., dirigido por Brent David Freaney, convertido en uno de los nombres más influyentes del diseño pop contemporáneo tras su trabajo en Brat de Charli XCX, además de colaborar con Miley Cyrus y Rosalía.

Confessions II El nuevo álbum de la Reina del Pop será la secuela de su ya legendario «Confessions on a Dance Floor» de 2005 (Rafael Pavarotti/Madonna)

La semana siguiente llegó el primer gran golpe de efecto. Durante el festival de Coachella, apareció por sorpresa junto a Sabrina Carpenter para interpretar “Bring Your Love”. El momento tuvo una carga simbólica evidente: dos décadas después de haber dominado el mismo festival con el primer Confessions, la artista regresaba para dialogar con una de las mayores figuras del pop actual sin perder un centímetro de protagonismo.

La campaña continuó con una alianza inesperada junto a Grindr, que llevó la estética del disco a millones de usuarios de la aplicación, y culminó con un multitudinario espectáculo gratuito en Times Square, donde cientos de neoyorquinos y turistas convirtieron el corazón de Manhattan en una gigantesca pista de baile.

Quizá la pieza más ambiciosa de todo el proyecto sea la película musical Confessions II, construida alrededor de las primeras seis canciones del álbum y dirigida por el dúo TORSO (David Toro y Solomon Chase). Estrenada durante el Tribeca Festival, la producción reúne a un elenco tan ecléctico como el propio disco, con participaciones de Arca, Benedict Cumberbatch, Sabrina Carpenter, Feid, Kate Moss, Gwendoline Christie y Lourdes Leon, entre otros. A eso se sumaron las fiestas Club Confessions, organizadas en distintos clubes nocturnos con la presencia de Stuart Price, donde el álbum comenzó a vivir exactamente en el lugar para el que fue concebido: la pista de baile.

Confessions II termina siendo mucho más que una secuela. Es una reivindicación artística. Ella demuestra que no necesitaba otro “Hung Up”, ni un sample imposible de conseguir, para volver a capturar la atención del mundo. Su mayor logro es haber reunido nuevamente tres elementos que en sus últimos trabajos parecían dispersos: el cuerpo, el club y la autobiografía.

A los 67 años, Madonna no intenta competir con la artista que fue en 2005 ni aparentar una juventud artificial. Tampoco hace canciones de menos de dos minutos y medio para que sean aceleradas y mixeadas en TikTok. Pero si hace algo mucho más interesante y profundo: compone, canta y regresa al lugar donde terminó de convertirse en la mujer más importante del mundo pop, pero cargando consigo la memoria, las pérdidas, las reconciliaciones y las cicatrices de una vida entera. Y quizás esa sea la mayor confesión de todas: la Reina del Pop es historia viva.

Fuente: PÁGINA12